16 jun. 2011

Superando nuestros límites de lo cotidiano


Que impresión tan maravillosa era aquella en la que todo nos parecía enorme. Aquella habitación en la que lo mismo te podías revolcar por la alfombra, que sentarte en la mesa a meter "comandos" en MSDOS, que aquella nueva cama enorme y eso por no hablar de los larguísimos cajones, ¡¡para meter de todo!!.

El campo era el límite, pero no cualquier campo, sino nuestro campo. Pasar la valla o cruzar el río ya era pasar el límite, aunque siempre nos gustaba estar en el límite, poniendo ladrillos que robábamos en las obras para coger cangrejos, o en el arado ya fuese tumbados mientras el trigo crecía o creyendo que el trigo ya estaba listo para comerse, y como el pan tenía trigo... ¡pues todo el campo era pan!

Así funcionaba. Las maderas de los maltrechos palets, eran materia prima para nuestras inmensas casetas de palet de base, 4 más a forma de paredes y otro para el techo. Pues allí entrabamos 3. ¡¡¡Ni mas ni menos!!!. Ya fuese encima de la encina del campo (nuestro campo), o sobre una base bien montada en el arado. Extrañamente cada 2 ó 3 días nuestras solidas bases desaparecían... que misterio...

Pero aún así las 2 tardes que tardábamos en conseguir la materia prima y transformarla mediante el escaqueo de martillo y alicates (en el mejor de los casos) disfrutábamos mucho del trabajo en cadena bien hecho, y nos tumbábamos a soñar con que el futuro nos depararía la misma fuerza que a Goku, o que tendríamos tan buenos trabajos y seríamos tan ricos como nuestros padres, o mejor aún, ¡¡¡más ricos que nuestros abuelos!!!. ¡¡¡Esos sí que eran ricos!!! Y además, ¡JUBILADOS!.

¿Qué podría haber mejor en el mundo que ser jubilado? (todavía sigo buscando la respuesta a esa pregunta...)

Y como de gente rica y lugares enormes va la cosa, recuerdo mis vacaciones... En la sierra. Aquel lugar lo suficiente lejano para salir con previsión, poner cintas en la radio y además siempre llegar por la noche, sobretodo en primavera.

Bueno siempre siempre no. Cuando iba con mis padres, como iba desde la mitad del camino, llegaba o por la tarde, o a comer.

Pero no nos desviemos del tema. Mis tíos tenían una caravana. ¡Enorme! y además tenían una pedazo de tele donde tenían enchufado el mejor tesoro que te puede tocar en un sorteo, y es que no se si lo he dicho alguna vez, pero mi tía tiene mucha suerte. A parte de ponerse macarena a comer galletas de chocolate, guardó un montón de puntos y los envío por correo a un sorteo y la tocó, contra todo pronostico, una Super Nintendo.

Ni una Gameboy (que es lo que yo tenía, eso sí con el Tetris, el Super Mario Land, Super Mario Land 2, El de los coches ese Japo y el Nemesis, no veas como lo partía con mis 8 bits en escala de grises), ni una Nintendo, ni una Megadrive, NO.


A ella le tocó una Super Nintendo con el Super Mario World, casi ... Eso era gloria bendita. Lo mejor de lo mejor. Un recurso que le ofrecía, sin llegar a la violencia, controlar a las masas en cualquier situación y siempre bajo el mismo parámetro imnotizador, "Si no haces tal... No hay consola..."

¡Joer, así cualquiera! Podía ganar todas las batallas. Y doy de que las ganaba. Eso si, solo nos dejaba a mi primo y a mi un ratito después de comer, y turnándonos. Nada de apalancarnos el mando ni nada. Y eso si, sin petarla a ella su partida...

Pero, ¿que hacía el resto de mi tiempo? Pues las labores típicas de un zagal rapaz y apuesto. Me levantaba con la fresca (y nunca mejor dicho), desayunaba, porque yo esas costumbres no las perdono, hacía algún recadillo tipo bici-super-pan-dinero justo en un monedero con un solo bolsillo-de vuelta a la parcela.

La parcela donde volvía no era la pedazo de caravana de mi tía, sino un movil (que es mucho mas grande que una caravana) de mis abuelos los ricos. Que además tenían un porche, un jardín, un palo de muchos metros para subir como los bomberos y una tiendita-taller de construcción de cualquier cosa que se necesitase.

Y las bicis...

En realidad mi relato comienza aquí. Todo lo demás era una intro, por decirlo así era La Comunidad del Anillo y parte de las Dos Torres del Señor de los Anillos. Tienes que tragártelo para cuando llegues al Retorno del Rey y veas las ostias buenas te parezcan lo mejor que has visto en tu vida. Eso si que es un desenlace, "a tope de power"...

La bicis han estado presentes en mi vida desde que tengo uso de razón. De hecho mi primer maquinón fue una motoreta roja muy loca. Menudo era yo...


¡Indestructible! Era como el pan ese de Semilla de Oro que lo aguanta todo. Por cardos, piedras, bordillos, 2 encima, pufff... ¡De !

Pues amigos, míos. Con mi motoreta traspasaba a escondidas de mis padres los límites de nuestro campo. Joer que me iba a la granja de al lado, por el camino de la depuradora, al circuito y bueno bueno hasta a Valdelagua. Con clase.

Aquello eran distancias largas, tardaba lo mío, tenía que planificar bien el tiempo y la operativa ya que no se me podía hacer de noche...

De esas distancias tan largas recuerdo una especialmente. En mis vacaciones en la sierra, echábamos la mañana. Vamos que volvíamos para lavarnos las manos, beber agua bien fría sin respirar y de ahí a la mesa, como me gusta a mi, pucheraco aún con "treinta y tantos" grados a la sombra...

Veníamos de pufff... Habíamos salido de los límites, íbamos los 3 y habíamos parado a beber agua en el embalse. Eso si a fuego, haciendo carreras y luego esperando al tercer en discordia para que nos diese agua.

Pero cuando ya éramos unos maquinas, el embalse se nos hizo corto e íbamos hasta el árbol, y más adelante hasta el camino de piedras y cuando ya éramos profesionales, hasta Villalba. Y explico que nuestros conocimientos básicos geográficos de la zona se basaban, en "embalse, árbol, camino de piedras". Pero que "" (se me ha pegado este finde pasado en Zaragoza lo de ) que llegábamos hasta Villalba.

Volver era ya otro cantar. Lo habíamos dado todo a la ida y el sol pegaba que bueno... Y encima hasta Villalba. Ya teníamos historia para contar toda la tarde...

El último traguito de agua y a fuego hasta la parcela. Ahora nos jugabamos algo más que a la ida. Nos podíamos cronometrar para ver cuanto sacábamos al siguiente perseguidor en la encarnizada carrera interminable. Y es que los caminos en los que nos veíamos envueltos no se les veía el fin de lo largos que eran, por lo menos 100 kilómetros, o más...

A la vuelta ni parada en el árbol, ni en el embalse ni nada, con raza hasta el final que apretaba el hambre y el pucheraco me daba fuelle moral para no desfallecer.

Menudas épocas aquellas. Todo era maravilloso. La única preocupación posible era que nadie te adelantase. Nada más.

El mundo era seguro, inmenso en todos sus ámbitos y todo parecía una aventura.

No hay día que me suba en mi bici (ahora tengo una un poquito mejor y además adecuada a mi talla actual) y no recuerde las palizas que me daba. Me encanta montar desde pequeño. Daba igual el terreno. Yo montaba, siempre.

Pero como paradoja a todo esto, hoy en día recorro todos los caminos que me costaban una semana, e incluso por aquellos que no me atrevía a ir, bien por desconocimiento o porque ya me había sobrepasado 3 pueblos con mis límites (y nunca mejor dicho) sin tanta épica.

El camino para profesionales recién medido eran 7,5 kilómetros para ir, y los mismos para volver. Mi memoria sin embargo los almacenaba como el triple o el cuádruple...

Que relativo es todo. Añoro aquellas épocas, añoro nuestro campo, mis cabañas y mis ladrillos en el río con la incertidumbre de sí al día siguiente habíamos conseguido pescar algo... Añoro mi motoreta que me llevaba a todos esos lugares.

Podría decirse que los momentos más importantes de mi vida, los he pasado siempre cerca de las 2 ruedas. No es solo una afición, es una forma de vida. En el pasado inmensa y ahora relativa, pero una forma de vida.

Pero sobretodo, he sacado una conclusión muy valiosa a todo esto. El universo de cada uno es todo lo grande que uno quiera si sabe disfrutar de la felicidad allá donde este.

Ese es el secreto de todo.

4 comentarios:

HugoOldMan dijo...

Comparto tu conclusión final. Muy acertada sí señor!!
Por cierto... ¡Yo tuve esa misma bici en azul!

Clivia dijo...

Leyendo tu reflexión me vienen a la memoria muchos recuerdos, tu afán explorador, el no tener nunca bastante y sobre todo tu bici, a la cual la llamábamos “APÉNDICE” ( a escondidas) porque realmente era una prolongación tuya física que hacía que tu mente volara, imaginara y te hiciera vivir momentos tan extraordinarios.
Yo también soy de la opinión de que hay que aprovechar cualquier momento sacándole el máximo de rendimiento para ir creando tu propio universo. Sigue así, LO CONSEGUIRÁS.

La tía de la Nintendo dijo...

El árbol "bonito", y más adelante hasta el camino de piedras hasta "casa de las cigüeñas" y cuando ya éramos profesionales, hasta Villalba. Gracias por recordar estos buenos momentos y que yo/nosotros haya/hayamos formado parte de ellos, así como tus abuelos los ricos.
Me gusta lo de "parámetro imnotizador", no me había dado cuenta...
En cuanto a las 2 ruedas ¿cuál no probaste?
Buenos momentos, sí señor, buenos momentos, sigue guardándonos en tu memoria.
TQM. 1bss.

La misma tía de la Nintendo dijo...

Se me olvidaba, tu también formaste parte en la comilona de las galletas, pero que conste que solo mandé 1 carta con los 3 códigos de barras que pedían, de unas famosas galletas que tienen un príncipe y... tachán... ¡Me tocó! ¿Será que a tí no te ha tocado nada últimamente?

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